Esculpiendo un corazón inteligente

Navidad 2020

El corazón inteligente busca conocimiento

(Proverbios 15,14)

“Todo forma parte de un todo” tuvo que pensar el arquitecto Frank Lloyd Wright al diseñar en 1934 la casa de la cascada en la Reserva Natural de Bear Run, Pensilvania, obra paradigmática de integración entre el hombre, la arquitectura y la naturaleza.

La pandemia nos ha vuelto a evidenciar la creciente interdependencia entre los miembros de la familia humana y de esta con el resto del “todo”; el mundo que habitamos. El “todo”, nuestro mundo, es un “sistema” cuya funcionalidad depende de la calidad de sus elementos y de la calidad de la integración entre esos elementos. Con acierto observaba Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.”

Me viene esta reflexión al hilo de encontrarme en Teherán, con la Navidad muy próxima, exponiendo a unos directivos de Oriente Medio las batallas que se libran entre las tres partes de nuestro cerebro. Hablábamos de las consecuencias tan distintas en nuestras biografías de la coalición de cerebros que resulte ganadora.

Hay dos coaliciones que pueden resultar hegemónicas. Por un lado, una coalición progresista liderada por el cerebro que piensa (neocórtex) pero en buena armonía con el cerebro que siente (límbico) y el que actúa (reptiliano). En el otro extremo una coalición populista liderada por los corazones que sienten y actúan y en donde el cerebro que piensa tan solo tiene un papel secundario.

Comentábamos medio sorprendidos lo habitual que resulta que la coalición populista resulte ganadora. Argumentábamos que hacer lo que te pide el corazón, pensando poco o mal, no ayuda a levantar el vuelo en la vida, ni a invertir en el futuro, ni a contribuir al mejor funcionamiento de la “circunstancia”. Nos lamentábamos de cómo en política es habitual crear contextos que favorecen la hegemonía de la coalición populista.

La coalición populista da lugar a un corazón primitivo que siente y actúa en función de instintos primarios: sobrevivir, erotismo, etiquetar a las personas como buenas (o malas) si pertenecen a la misma (u otra) tribu ideológica, buscar gratificaciones con el mínimo esfuerzo y poco más.

En un corazón primitivo el cerebro de pensar se limita a justificar y racionalizar aquello que ya ha sido decidido por los otros dos cerebros.  La conciencia, el pensamiento de más calidad, se pone en “off” para no interferir en la agenda de gratificaciones que habitualmente se buscan en el dinero fácil, el sexo, el postureo, la fama o el poder.

A lo largo de los siglos personas despiertas, muchas de ellas en sintonía con el Creador, han destilado un concentrado de conocimiento que ha resultado ser brillante para el buen funcionamiento del “todo”. Ese destilado se llama sabiduría, que no es otra cosa que un conocimiento capaz de dar sabor a la vida de uno, de otros y de la relación entre unos y otros, de ahí su nombre.

Cuando nuestro cerebro de pensar utiliza la sabiduría como fuente de conocimiento, el corazón primitivo se convierte en un corazón inteligente, y ese cerebro pasa a ser hegemónico. La sabiduría aporta razones de peso para trascender la gratificación inmediata y el propio interés, permitiendo introducir en la fórmula de toma de decisiones variables de largo plazo como son el progreso personal, la mejora de otros y la mejor integración entre uno y otros.

La alternativa, por tanto, a un corazón primitivo es un corazón inteligente. La coalición de cerebros que respalda un corazón inteligente es brillante: el cerebro de pensar utilizando como software la sabiduría; el cerebro de sentir “sintiendo” el largo plazo y el interés legítimo de otros; y el cerebro de actuar obedeciendo a los otros dos y sin excesivas salidas de tono.

Esa coalición progresista permite disfrutar haciendo el bien al “todo” y sentirse incómodo con lo que perjudica a la “circunstancia”. Un corazón inteligente permite disfrutar más y sufrir mejor, por ejemplo, haciendo que el dolor no conlleve un sufrimiento.

Termino este escrito deseándote una muy feliz Navidad y pidiendo al Niño Dios que sepamos esculpir un corazón inteligente con toda la sabiduría que nos regaló a lo largo de su paso por Oriente Medio. Si así lo hiciéramos ten por seguro que podremos afirmar, conforme pasan los años, que la vida resulta cada día más bella y gratificante.

Prof. Luis Huete